La emancipación viene desde abajo: recuerdos de Flora Tristán

¡A mí también me hace falta un calvario para poder proclamar, muriendo, la emancipación de la mujer!

 

La historia nos indica que las luchas feministas no son una invención de nuestros días o del siglo pasado; tampoco son una creación del Mayo Francés como muchos piensan. Por el contrario, debemos remontarnos casi dos siglos atrás para conocer a una de sus precursoras: Flora Tristán.

Representante de la primera ola feminista, esta mujer de temple de acero nació en una familia burguesa en el corazón de París, en 1803. Si bien fue tratada por su padre como su hija natural, ningún archivo de la época podía afirmarlo, por lo que Flora y su familia se vieron sumidos en la más oscura miseria a la muerte de su progenitor. Trabajó incansablemente en talleres donde conoció, por boca de otras y en carne propia, los dolores de las mujeres de su época.

Su vida sufriente, la pelea por la custodia de sus hijos, el maltrato físico sufrido de la mano de su marido, su condición de mujer pobre y no reconocida en la familia la hicieron forjar un carácter que le permitió sobrevivir y buscar justicia para aquellos que nunca la conocieron.

En esa búsqueda es que comienza su manuscrito sobre “La emancipación de la mujer o testimonio de una paria”. Reconociéndose a sí misma como tal, evoca en este libro sus dolores, los flagelos de su tiempo, la lucha de las mujeres y lo que ella consideraría justo. Para analizar detalladamente los problemas, se nutre de dos vertientes: el socialismo utópico y del cristianismo. A partir del primero, ataca la concentración de la propiedad privada y las costumbres machistas de su tiempo; del segundo, toma la vocación de servicio y atención hacia los más pobres.

A lo largo de su obra cuestiona el enriquecimiento de algunos en detrimento de varios, la situación de pobreza extrema en la que están sumidos, la exclusión y la imposibilidad de ascender socialmente y el abandono a su suerte de los más desposeídos. Esos son los parias, los olvidados, los solitarios que mendigan un poco de pan y atención en silencio. No hablan por que no los dejan hacerlo; no porque no tengan voz. Sin embargo, Flora Tristán confía en que la hora del escarmiento se aproxima.

En ese contexto las más perjudicadas son las mujeres, ultrajadas por costumbres y mandatos de clase que las obligan a vivir una vida que nadie busca. Casamientos forzados, maternidades no buscadas, pago de un tributo a un opresor que decide por su vida, la infamia de las familias que venden a sus hijas al mejor postor, prostitución obligada con tal de tener el sustento de todos los días.

Le prometieron un poco de oro y le hicieron sonar en los oídos algunas monedas. Iban hacia ella para tirar en el arroyo algunas piezas de cobre sucias y verdes. La mujer se agacha, las recoge, ustedes sonríen y ella soporta sus besos, tan deplorables que mata todos los días su pudor, su divinidad de mujer, que llora y sufre todos los días sacrificándose. Por el mismo precio, si eso también los divierte, pueden escupir su figura; ella no se ofenderá.” Este párrafo pinta de cuerpo entero el sometimiento padecido por sus contemporáneas.

Critica a aquella sociedad en que la mujer nace como una paria, sierva de condición, desdichada por el deber y donde casi siempre es necesario que ella elija entre la hipocresía y la deshonra. También hace una advertencia: quien insulte a su hermano merecerá un juicio y aquel que no se inquiete por las necesidades de un hermano merece una condena.

Si bien su obra no cuenta con definiciones teóricas y científicas, es muy válida si la consideramos como el testimonio de una mujer que conoció los padecimientos y la exclusión de ella misma y de las suyas.

Recordarla y hacer propias sus banderas, nos recuerda que la emancipación femenina es un canto a la libertad por la que muchas debieron pagar con su voz e incluso con su vida. De ahora en más debemos hablar por las que ya no están, pero dejaron su legado; por las que están y no les permiten expresarse; y por las que vendrán, para que vivan en una sociedad más justa. Pero es necesario recordar que esta lucha no es nuestra exclusivamente, la llevan adelante hombres y mujeres. Como dice Flora Tristán, “no hay emancipación posible para la mujer si la sociedad no es libre”.