SALARIO PARA LAS AMAS DE CASA, POR SU INDEPENDENCIA ECONÓMICA Y CULTURAL

El reconocimiento del trabajo doméstico como “trabajo”, es darle valor a la silenciosa labor que millones de mujeres realizan cotidiana y silenciosamente. Pareciera ser una tarea asignada por un mandato natural a ellas, pero bien sabemos que es una construcción social y , por lo tanto, modificable. Transformar ese reconocimiento en un salario, es un paso necesario en la búsqueda de independencia de las mujeres.

Desde el surgimiento del sistema político y económico capitalista que hoy nos rige, se instaló en la sociedad la división sexual del trabajo logrando una separación entre el proceso de producción de mercancías, y el de reproducción de la fuerza de trabajo. El primero asignado a los hombres, realizado fuera del hogar y a cambio de un salario; y el segundo dentro de la casa familiar realizado por mujeres, sin recibir un peso por ello, pagado solamente con “amor”.

Esto determina que surja una jerarquización dentro de la familia partir del salario, atribuido únicamente al trabajador y asignado a un sólo sexo: el masculino. Es allí donde una parte de la explotación capitalista se ve invisibilizada, aquella que relega a las mujeres al ámbito doméstico, le prohíbe su derecho a percibir un salario por su trabajo y sin embargo contribuye en la obtención de beneficios del capitalista, produciendo la mercancía principal: la fuerza de trabajo de los seres humanos.

La dependencia que tiene la mujer sobre el salario del hombre es lo que Silvia Federici denomina «El Patriarcado del salario», que además de traducirse en dependencia económica, cultural y social, conlleva a que la violencia sea una variable siempre presente. Esta conclusión teórica tiene su raigambre en los hechos concretos y actuales. Tomando como referencia el «Registro Único de Casos de Violencia contra las Mujeres (RUCVM)» elaborado por el INDEC con resultados estadísticos del período 20132017, podemos afirmar que prácticamente la mitad de las mujeres que sufren o han sufrido violencia no poseen un empleo. El informe explica que «conocer la situación laboral de la víctima es importante, porque pone en evidencia la vulnerabilidad que ella tiene con respecto al agresor. Contar con algún recurso económico representa para la víctima un grado de independencia que le permitiría salir de la situación de violencia. Así, la falta de autonomía económica de las mujeres condiciona o limita la posibilidad de independizarse o alejarse de la situación de violencia». Por el contrario, más de las tres cuartas partes de los agresores están ocupados (76,5%).

Otro dato que demuestra las consecuencias de la desigualdad de la mujer dentro del ámbito del hogar es que la mayor parte de los agresores son parejas o ex parejas de la víctima. Estando la problemática planteada en términos claros, el Estado tiene la responsabilidad de buscar mecanismos y herramientas para erradicar las desigualdades de género. Se puede ver como a partir de algunas políticas planteadas con este objetivo, las mujeres hemos logrado mejoras en las condiciones de vida. Un ejemplo sería la sanción, durante el gobierno de los Kirchner, de la moratoria previsional. Quienes que no hayan alcanzado, por distintos motivos –trabajo en negro, doméstico, etc-, los años de aporte para percibir la jubilación, podían empezar a gozar de la misma. Si bien esta reglamentación, era extensiva para varones y mujeres, de las 2.700.000 personas que accedieron a la jubilación, el 86% por ciento son mujeres. Es a partir de allí que es considerada como «jubilación para el ama de casa». Las principales beneficiarias fueron aquellas que durante años trabajaron gratis garantizando que el resto de la familia, principalmente, el hombre de la casa, pudiese salir a trabajar teniendo cuando regresaba la comida hecha, los hijos y las hijas cuidados, la ropa limpia y el deseo sexual cubierto.

La histórica y justa bandera por «el salario de ama de casa» contiene en su seno además la reivindicación por una jubilación, una organización sindical y una obra social. En este sentido es importante mencionar que a partir de 1983 se funda el SACRA (Sindicato del Ama de Casa de la República Argentina) y en el año 2001 se concretó el reconocimiento de O.S.S.A.C.R.A. (Obra Social del Sindicato de Amas de Casa de la República Argentina), mediante la inscripción en el Registro Nacional de Obras Sociales R.N.O.S. Esta obra social incluye dentro de sus programas centrales el «Programa de Asistencia Integral a las consecuencias de la Violencia Familiar y de Género».

Hace más de medio siglo, Eva Perón ya planteaba que: “La madre de familia está al margen de todas las previsiones. Es el único trabajador del mundo que no conoce salario, ni garantía de respeto, ni límite de jornadas, ni domingo, ni vacaciones, ni descanso alguno, ni indemnización por despido, ni huelgas de ninguna clase. Todo eso – así lo hemos aprendido desde ‘chicas’- pertenece a la esfera del amor… ¡y lo malo es que el amor muchas veces desaparece pronto en el hogar y entonces, todo pasa a ser ‘trabajo forzado’: obligaciones sin ningún derecho, ¡Servicio gratuito a cambio de dolor y sacrificios!»

Mas allá de lo conquistado hasta el momento, la exigencia de un salario que reconozca el labor de las mujeres, impuesto por designio cultural no por un mandato natural, es revolucionario. Lo es en tanto y en cuanto pone en tela de juicio la distribución de la riqueza, la que en un país semicolonial como la Argentina está concentrada en manos de una minoría opulenta que no sólo nos saquea los recursos naturales y aquellos socialmente producidos, sino que además silencia el esfuerzo de nuestras mujeres y las aleja de su necesaria emancipación.