Crónica sobre Siria: el faro de la Resistencia

Por Suriana Cichero Lalli / CENACK

En este momento, estoy en la ciudad costera de Tartús. La ciudad en donde se encuentra la base rusa en Siria y en donde está lleno de banderas sirias y rusas entrecruzadas en los postes de las luces públicas. Si te acercás un poco más, hay una foto de Vladimir Putin en cada una. Desde los balcones que están frente al mar, se llega a ver una fragata rusa imponente, quietita en el Mediterraneo. Si te acercás al centro de la ciudad, podés llegar a ver a sus soldados caminando o comprando cosas. Ahora mismo estoy escuchando aviones rusos sobrevolar mi balcón.

Acá en Siria los llaman “el fuego amigo” y los ciudadanos que cuentan las historias de sus secuestros o sus terribles sufrimientos durante la guerra, afirmaban “tranquilizarse” cuando escuchaban su presencia. Es, indudablemente, el aliado más importante para ganar la guerra en Siria, aunque todos acá saben que se trata de una amistad estratégica, donde detrás del telón existen varios intereses por su parte. Los intereses económicos, como la construcción del gasoducto que sustente de gas a toda Europa; el refuerzo de la seguridad nacional rusa y la aguda preocupación de Vladimir en combatir desde ahora a los terroristas mercenarios en Siria; los intereses geopolíticos, como la estrategia de conservar el mapa actual de Medio Oriente, en contraposición a los planes de EEUU, que buscan seguir fragmentando los Estados-Nación para seguir consolidando su poderosa influencia en la región, en conjunto con su satélite aliado: el Estado de Israel. Otro ejemplo bien claro de esto es la financiación a grupos y partidos políticos kurdos, con el fin de fogonear la independencia kurda de Siria, lograr un estado kurdo autónomo y achicar los límites geográficos sirios a largo plazo; o también las “feministas kurdas” como la “novedad revolucionaria feminista” de Medio Oriente. Lo curioso es que en los medios sirios casi no hay noticias sobre lo que hacen las mujeres kurdas, pero desde las redes sociales en Occidente está lleno de imágenes y videos viralizados suyos. Uno de los últimos videos que vi, fue uno de mujeres kurdas con el pañuelo de la campaña del aborto legal: una causa que desde Argentina muchas mujeres militamos convencidas, mientras también alertamos que si esta causa no es conducida por una línea y una estrategia nacional-latinoamericana, corremos el riesgo de ser llevados puestos. El imperialismo siempre va a intentar legitimarse a través de causas justas para adentrarse “por las buenas”, por los poros de todas nuestras naciones. Nada nuevo. Algo que en definitiva muchas veces sucede con tantas causas colectivas. Por eso nuestras únicas soluciones son las políticas públicas nacionales. Una vez más, Siria despertándonos de lo que sucede afuera de Siria.

En lo que respecta a este viaje y mi ubicación actual, llegué a las playas sirias cuando el verano terminó, cuando están por arrancar las lluvias fuertes, cuando ayer estuvo relampagueando por horas, cuando ya no queda casi nadie y cuando hace unos días esta zona fue víctima de un ataque aéreo muy fuerte, este pasado el 17 de septiembre. Tal es así, que el saldo fue de 15 soldados rusos muertos.

Y es que no se puede perder una guerra. Porque para los tres países que atacaron, que son tres de los autores intelectuales de la masacre en Siria, no se puede perder esta guerra. No hay disimulo, ya no persiste el mismo interés en las viejas y ya conocidas tácticas de las “falsas banderas”, que fueron masivamente conocidas a partir de un 11 de septiembre de 2001 con las Torres Gemelas. Este 17 de septiembre mostraron las verdaderas: sus identidades estaban presentes en sus barcos, sus aviones y las armas que utilizaron para el ataque.

En el momento del ataque, nuestra electricidad fue interrumpida por 40 minutos. Hicimos al mismo tiempo lo que hace cualquier ciudadano acá: esa exhalación de aire por cansancio, por la costumbre de que la luz se nos corte todos los días. No teníamos ni idea de lo que estaba pasando, sólo creíamos que era un corte de luz más, porque cabe destacar: la luz en Siria se nos corta una vez por día para seguir ahorrando en electricidad para esta guerra.

Nos fuimos enterando de lo que estaba pasando cuando la luz volvió. La televisión y las redes sociales empezaban a decir que caían misiles en Latakia, que desde la ciudad de Tartous (la provincia vecina) se los derribaba; que el cielo nocturno pasó –literalmente, según cuentan– de estar todo negro a estar todo rojo, como si por automático alguien hubiera estado jugando con los cielos sirios desde un Paint. También supimos que los sirios –muy por el contrario a lo que cualquier mortal del mundo haría– empezaban a subir masivamente a sus techos para filmar esos destellos y, por último, supimos que el Ejército Árabe Sirio derribó la mayoría de los misiles.

En ese momento supimos todo eso, pero no qué países estaban atacando específicamente. “No se sabe quién ataca”, rezaban todos los canales de la TV siria en el instante.

Fue un día después cuando nos enteramos a ciencia cierta de donde habían salido todos esos misiles: desde un barco y un avión de la OTÁN. Y países que la conforman, con sus identidades a la vista.

Un “TORNADO”: avión británico con base en la Isla de Chipre que despegó una hora antes, con el fin de mapear el terreno al que luego se atacaría. Su recorrido fue Turquía – Irak – Latakia, la ciudad costera de Siria donde se encuentra el instituto tecnológico militar del Ejército Sirio. Lógicamente, el blanco final.

Fragata francesa “AUVERGNE”, que se encontraba situada en el Mar Mediterráneo y utilizó los misiles de su nave contra el instituto tecnológico militar.

4 aviones cazabombarderos israelíes que dispararon contra este mismo instituto, al unísono con la fragata francesa.

Los 15 rusos fallecieron a raíz de una operación engañosa de uno de esos aviones israelíes, que se escudó detrás del avión ruso justo en el momento en que Siria lanzó un misil de defensa ante Israel.

Pero más allá de las noticias en los medios, los sirios, en el fondo, –y a diferencia del mundo al que sólo son integrados geográficamente en algún lugar del Mediterráneo Oriental–  sí habían intuido de dónde provenían los ataques. El resto del planeta “no sabe” quiénes son los que financian esta guerra por encargo. De hecho, lo que reproduce todo Occidente es que todo se trata de “una guerra civil entre facciones a favor y en contra el del gobierno sirio”. Una lavada de cara. Pero ellos no. Ellos saben masivamente por quiénes son atacados todos los días. Porque lo viven. Entonces, ¿cómo no iban a saber desde dónde provenían unos misiles por sorpresa aquella noche?

Son siempre los mismos” te dicen. “Pero el mundo no lo sabe”.

En paralelo a los ataques aéreos, se registraron ataques de terroristas en la entrada a Latakia, la misma ciudad en donde está el instituto tecnológico militar.

En síntesis: ¿no está todo cada vez más claro? Si la OTAN ataca y unos terroristas barbudos también, en la misma zona, ¿no es claro quién los financia y quiénes son los mercenarios?

Siria también le invierte la ecuación a Sarmiento: en Siria, la civilización es la barbarie.

Por su parte, días antes, Israel bombardeó el Aeropuerto Internacional de Damasco, muy cerca de donde vivo. Una semana antes, Israel atacó tres ciudades de Siria a la misma vez. En todas estas veces, casi todos los misiles fueron derribados por el Ejército Sirio, sobre quien la prensa internacional todavía insiste en definir como “los asesinos de su propio pueblo comandados por el dictador Al-Assad”. Un subtítulo ideal para una serie de Netflix.

Es evidente que los movimientos de este ajedrez son cada vez más claros y es por esto que cuesta entender cómo tantos medios y tantos periodistas que, en algunos casos sólo levantan noticias prefabricadas sin mala intención, no son siquiera capaces de sacar estas cuentas. Penoso.

Lo más fuerte que te cruzás en Siria es la entrega incansable de los soldados en esta guerra. Muchos de ellos están peleando ininterrumpidamente desde que empezó la invasión, en 2011, casi sin un mínimo de descanso. Hay madres que hasta tienen 6 hijos mártires. Conocí madres que no pueden contarte sobre sus hijos porque empiezan a hablar y no salen más del llanto desgarrador. No salen. Las mirás sin saber qué hacer, qué decirles, si abrazarlas o no, si dejarlas tranquilas que lloren, si cambiarles de tema, si bajar la mirada. No sabés qué hacer. Sólo sé sentir un nudo horrible en la garganta y no decir más nada. Es horrible el dolor que siento en el pecho cada vez que me acuerdo.

En la ciudad de Tartous, hay una calle que se llama “La Calle de los Mártires” porque de cada dos casas aledañas, una es de un mártir. Te cruzás con varias historias de esas, te las cruzás todo el tiempo. Si pudieran por un solo día ver a Siria con sus propios ojos, al primer minuto podrían sentir la admiración que tiene el pueblo por su ejército, podrían ver cómo cada ciudadano/a le rinde homenaje al soldado caído, podrían ver cómo cada calle tiene decenas de fotos de soldados mártires, y cómo todo esto pasa simplemente porque el ejército está compuesto por mujeres y hombres paridos y queridos por el pueblo, y es más, hasta podrían sentir en carne propia cómo todos acá vivimos sin miedo porque sabemos que estamos protegidos por los que todavía siguen vivos.

La semana pasada caminaba por una zona muy concurrida de Damasco, cerca de la terminal de colectivos más importante de la capital. Una zona que hasta hace no mucho volvió a ser segura por completo. Tenía que llegar a la casa de una señora que vivió a 150 metros de donde estaban ubicados los terroristas del Frente al Nusra. Vivió bajo sus proyectiles y morteros durante 7 años, sin querer irse de su casa ni un sólo día, cuenta que “tiene un dios aparte” y supone que por eso sigue con vida. Tenía que ir a su casa para entrevistarla, pero no tenía ni idea cómo llegar. Estaba perdida y tratando de ubicarme con un GPS de mi celular. Caminaba sin levantar la vista de la pantalla, intentando entender el vaivén de esas calles, yendo y viniendo, hasta sintiendo que estaba pasando vergüenza… Hasta que escuché tímidamente un “Disculpá… ¿A dónde necesitás ir?

Eran del Ejército. Levanté la cabeza, me acerqué a ellos y les dije que necesitaba ir a “esta calle de acá que está marcada con el punto azul”. “Bueno. Entrá un segundo al retén y lo vemos bien”, me dijeron. Acto seguido: “¿vos de dónde sos? Por tu acento no sos de acá, ¿no?”

No, soy argentina

¡Argentina! ¡Qué lindo! ¿Y te gusta Maradona?

Si, lo amo.

¿Y tomás mate?

¡También!

¿Y cómo te llamás?

Suriana

Ahí se callaron y se sorprendieron al escuchar que me llamo “nuestra Siria”. Me sonrieron con algo de timidez.

Después de este pequeño intercambio de palabras, los dos se pusieron a ver cómo tenía que hacer para llegar a ese punto azul. Y concluyeron: “Bueno, mirá. Te abro el pase por acá y le das derecho. Si querés, comunícate con los que te esperan o pasame que hablo con ellos para que te esperen más cerca”.

Me voy del retén y empiezo a caminar. A los 50mts escucho que uno de ellos me grita “¡Suriana! Dale derecho por ahí y esperalos en ese supermercado”. (Un supermercado que no era más supermercado. Era un pedazo de ruina gigante despedazado por los terroristas del Frente al Nusra).

Me fui para ahí, con el corazón enternecido por esos soldados, pero a la vez llena de impotencia, porque en ese instante me puse a pensar que el mundo y la prensa internacional todavía los tilda de asesinos a mansalva y yo no tengo el caudal de voz suficiente para gritarle al mundo lo equivocados que están.

En estos meses, en los que vengo entrevistando muchos sirios y sirias, me crucé con todo tipo de historias: un primo mío soldado del ejército me contó que vio con sus propios ojos cómo los terroristas se manejaban con dólares nuevos enrollados y sellados por el banco central de EEUU. No usaban liras sirias, la moneda local de acá. Usaban dólares nuevos. Abrían los rollos nuevos ahí, como si tuvieran total impunidad para hacerlo, como si el mundo les perteneciera. Y mientras ese mismo mundo nos cuenta la historia al revés, en Siria la tenés ante tus ojos. Un amigo mío muy querido, “J”, me contó que hace unos años iba en su auto camino a su trabajo, hasta que de repente lo frenaron muchos hombres armados y lo hicieron bajar. Le empezaron a hacer mil preguntas, todas a la vez, al mismo tiempo. Le preguntaron de qué religión era, a dónde iba, qué estaba haciendo ahí, en dónde trabajaba, en qué rubro, etc. “J” respondió todo lo que pudo pero no quiso decir que era cristiano, entonces respondió que era sirio. Entre ellos empezaron a debatir qué iban a hacer con él: uno proponía matarlo en el momento, el otro proponía llevarlo secuestrado y pedir rescate, el otro proponía llevarlo secuestrado e intercambiarlo por algún terrorista preso, el otro proponía utilizarlo de chofer ya que tenía auto. Mi amigo me decía “De repente estaba frente a unos tipos que se estaban rifando mi vida. Sentía como si me estuvieran repartiendo en pedazos”. Te cruzás todo el tiempo con historias parecidas. Y de anécdotas de secuestros, casi todos los días. También conocí sirios que habían armado su vida estable en América Latina, y cuando empezó la guerra se vinieron a pelear voluntariamente. Todavía siguen peleando. Entrevisté a otro tipo grande que antes de la guerra vivía en EEUU con su familia y su vida hecha. Cuando empezó la guerra, dejó todo y vino a Siria a comandar y entrenar milicias secretamente para liberar su ciudad y combatir a los terroristas pagos por los países nombrados arriba –y otros más-. (Recordemos que acá vinieron terroristas de más de 85 nacionalidades a desestabilizar siria. Más de ochenta y cinco). También conocí a una mujer de unos 60 años, madre muy triste de un joven mártir, que una noche, tiempo después de que los terroristas secuestraran y asesinaran a su hijo, entró a su casa y para colmo vio a integrantes del ISIS ocupándola, robando sus pertenencias y durmiendo en sus sillones con las patas para arriba. Te cuenta con toda la furia cómo esa vez, lejos de haber sentido miedo, se llenó de una ira jamás antes sentida por ella y les pegó un grito que hizo temblar el cielo, les empezó a sacar todas las cosas de las manos a uno por uno, y por último, los echó a patadas a todos. Ella es una mujer a la que cualquier occidental prejuzgaría de “sumisa” a primera vista, por el solo hecho de ser una mujer religiosa tapada con velo. Creo fervientemente en que uno de los ejercicios más importantes que tenemos que hacer desde los países occidentales, es abandonar nuestro ego cultural. Entender que los conceptos que usamos no pueden ser monopolizados por nosotros para hablar de todas las culturas del mundo, porque haciendo eso, lavamos identidades y las homogeneizamos, y eso es una faceta muy naturalizada por el imperialismo cultural. “Libertad” en Argentina no es el mismo que “libertad” en Siria. Siria tiene una identidad muy propia y está muy, pero muy lejos de ser Occidente.

Volviendo: en esta tierra te encontrás con un coraje y una fuerza pocas veces vista. Quizás cuando terminás de conocer la cara más cruda del imperialismo, te das cuenta de que no te queda otra que armarte así, que si tu hijo fue asesinado y meses después dejás que el ISIS ocupe tu casa de siempre, perdiste todo en la vida. Por eso Siria enseña y Siria es Resistencia.

Pero además, te encontrás a cada momento y cada día con sonrisas muy humildes, con ojos que miran muy brillosos y en profundidad, con manos viejas que te acarician y con una cordialidad que en teoría “nadie tendría en un país en guerra”. Y es así que te empezás a dar cuenta de que lo que hace única a Siria es justamente eso: lograr que todas estas cosas caminen de la mano.  Siria rompe todos los esquemas del imaginario sobre una guerra. La guerra convive con la vida social, los bares, los boliches. El dolor que cala hondo es el mejor amigo de la hospitalidad, una hospitalidad que yo jamás en mi vida había conocido así antes. El dolor da a luz a un concepto distinto de hermandad que te brindan al primer minuto, aunque no te conozcan, aunque no se acuerden de tu nombre, aunque tengan la vida partida en dos.

Y eso es Resistencia: el amor más genuino parido por el dolor más desgarrador. Como nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. En mi cabeza no las puedo parar de asociar con Siria. Y es que ellas también son Siria. Estela de Carlotto pidiendo por Palestina Libre, también es Siria. Hebe de Bonafini hablando por todos los medios en 2006, levantando la voz por mi propia madre, cuando estuvo detenida y secuestrada por el Mossad en Palestina, también es Siria. ¿No nos preguntamos qué hubiera pasado con Tamara si Hebe no salía a sacudir los medios?. Hebe fue la que apuntó públicamente a donde se debía, cuando poca gente se anima a hacerlo: al Estado de Israel. Hebe, una mujer cuyo temperamento también podría haber echado al ISIS de una casa. Una mujer a la que también la civilizada-barbarie del ‘76 comandada por el imperialismo del norte le desapareció un hijo. Una mujer que también usa un pañuelo en la cabeza.  Y es que las tierras siempre son madres fuertes. Y Siria es el nombre de esta tierra maternal que se está jugando todas sus cartas para terminar con esta tercera guerra mundial, la más cruda de todo el siglo XXI. Ni la primera ni la segunda duraron lo que está durando esta. Ni la primera ni la segunda tuvieron más de 85 nacionalidades combatiendo.

Siria se llama esta tierra que vibra tan potentemente entre el dolor, el terror, los escombros  y la Vida con mayúscula.

Y ahí está el honor.

Y ellos te lo afirman a fuego. Esa madre furiosa que echó al ISIS de su casa a los gritos, te lo afirma a fuego: “Suriana, esta es una guerra contra el honor de Siria”.

“Más de 7000 años de historia y Siria nunca se ha arrodillado ante ningún imperio. Menos lo hará ahora.” Bashar el Assad.

Acá está la guerra que la OTÁN no puede ganar.

  

Por: Suriana Cichero Lalli. Corresponsal del CENACK (Centro de Estudios Nuestroamericano Chávez – Kirchner) en Siria.