Las dos reformas

Compartimos esta nota escrita por el historiador Roberto Ferrero que analiza algunos aspectos de la Reforma Universitaria de 1918. Ferrero llega a algunas conclusiones que compartimos plenamente y que consideramos de relevancia para entender la vigencia del pensamiento de aquellos reformistas que engendraron este notable episodio de nuestra historia.


Las dos reformas

Por Roberto Ferrero (Historiador)

Algunas de las grandes banderas del ’18, como la “gran patria latinoamericana”, pasaron al olvido.

El concepto “Reforma Universitaria de 1918” no tiene sentido unívoco. Con esos mismos vocablos, se vivencian dos categorías históricas de opuesta significación, aunque las celebraciones en curso sólo hagan referencia mediática a una de ellas: la que podríamos llamar la “reforma oficial” o “reforma liberal”. Es preciso diferenciar una de la otra para restablecer la verdad sobre esta decisiva etapa de nuestro país y de América latina.

La Reforma de 1918 nació como expresión del crecimiento de las clases medias argentinas y latinoamericanas en general. Entre nosotros, esta pequeña burguesía ya había conseguido una cierta inserción en la economía nacional y había arribado al poder político en 1916 con el triunfo del radicalismo yrigoyenista. Faltaba aún democratizar la universidad elitista y reaccionaria de aquella época.

De esa fatigosa tarea se ocupó la juventud estudiantil de Córdoba, pronto seguida por la de Santa Fe, la de Buenos Aires, la de La Plata y la de Tucumán. Ellas levantaron como estandarte una serie de consignas de democratización, autogobierno y modernización de las casas de altos estudios, pero apoyadas en el programa de la Unidad Latinoamericana inconclusa, de la Liberación Nacional y la Democracia Social, pues comprendían que en una nación sometida no podía haber una educación moderna y libre. La “servidumbre del pensamiento”, que dijo Saúl Taborda, era inevitable en esas condiciones semicoloniales.

 

Pero esos sueños generosos duraron poco. La Reforma Universitaria, a poco andar, se hizo liberal y antinacional. Las clases medias, que la habían impulsado y cobijado, se integraron pacíficamente al sistema agroexportador de la órbita inglesa –que nadie cuestionaba porque aún funcionaba bien– y, en esa medida, obtenida gran parte de sus pretensiones pedagógico-institucionales en las universidades, se dieron por satisfechas, se hicieron liberales y conservadoras: el radicalismo se hizo alvearista, el marxismo se transformó en estalinista y el socialismo en “repettuno”. La FUA se hizo “fubista”, según la caracterización de don Arturo Jauretche.

La lucha por las grandes banderas primigenias del ’18, en especial la de construir la gran patria latinoamericana, pasó al olvido, vegetando sólo como aspecto utópico de la Reforma.

El aspecto político-práctico subsistente consistió en preparar la destitución militar de Yrigoyen en 1930, el impulso a la “Unión Democrática” antiperonista en 1946 y el aporte de sus “comandos civiles” al golpe de Estado de 1955 contra el gobierno constitucional.

Por su parte, la “Revolución Libertadora” recompensó la colaboración del partido reformista concediéndole todas sus reivindicaciones, excepto el gobierno paritario (la casta profesoral no era zonza).

Así se estableció oficialmente la “Universidad Reformista” liberal que llega hasta hoy, desconociendo que durante la administración del general Perón se hicieron realidad varios objetivos largamente perseguidos por la Reforma: el aumento y la democratización de la matrícula universitaria, la creación de la Universidad Tecnológica Nacional, la supresión de los aranceles, la gratuidad absoluta de la enseñanza, los exámenes mensuales y la representación estudiantil directa (con voz aunque sin voto).

 

La otra reforma

Pero debajo de la gruesa costra que desnaturalizó los destinos del “Gran Barullo del XVIII”, se mantenían aún tibias las cenizas de la auténtica Reforma nacional, aquella que hablaba a los “hombres libres de Sudamérica” y que en el Primer Congreso de la FUA reivindicaba su continuidad con los caudillos federales y abominaba del servilismo cultural.

Esa misma que guiaba a aquella gloriosa FUC que, desoyendo los cantos de sirena de los fubistas porteños y sus mentores liberales, se negó a plegarse al golpe de Uriburu en 1930; que con los universitarios de Forja se declaró neutralista en la guerra interimperialista de 193945; que en el Seminario Reformista de Tucumán de 1962 se autocriticó de sus errores contra el movimiento nacional yrigoyenista y peronista; que con el liderazgo del recordado Abraham Kozak en la década de 1960 dio –aunque perdió– la buena batalla contra los sectores antinacionales y ultraizquierdistas enquistados en las federaciones; que en los años ’60/’70 luchó codo a codo con los muchachos del integralismo filoperonista en defensa de las conquistas estudiantiles que la oligarquía profesoral iba recortando poco a poco, y que en 1970 alcanzó la dirección de la FUA para sumarla a la gran corriente popular que dio por tierra con la dictadura de Onganía-Lanusse y llevó nuevamente al poder al general Juan Perón.

En las circunstancias, los reformistas nacionales –los veteranos y los que se inician– deben aceptar sin dudas todos aquellos desarrollos científicos, didácticos, económicos, técnicos, sociales y políticos que hace 100 años eran inimaginables, pero asumiendo siempre que ellos deben concretarse con la dirección de un Estado decididamente intervencionista y eficaz, que mantenga a raya a los depredadores de nuestra patria y que puje por la definitiva constitución de la gran patria latinoamericana.

Sin una patria para todos, no tiene sentido producir médicos, investigadores, economistas, creadores, artistas, cientistas sociales, poetas, narradores ni especialistas en las diversas ramas del saber.

Ellos deberán emigrar –por necesidad o por ilusión antinacional inculcada– a los grandes centros académicos de Europa o de los Estados Unidos o vegetar sin recursos, sin ingresos dignos y sin esperanzas en nuestros propios países devastados por el dominio inmisericorde del capitalismo salvaje.

Sólo una verdadera y profunda conciencia nacional latinoamericana nos proporcionará el pasaporte al futuro, porque seremos lo que debemos ser –una patria grande, justa, libre y soberana– o no seremos nada (La Voz).