Asistencia Libre: ¿Una vergüenza menos?

 

La reforma impulsada por la juventud universitaria cordobesa allá por 1918 fue una conquista que marcó un precedente no sólo en nuestro país, sino en toda América Latina.

Pero hoy, a casi 100 años de aquel hecho, seguimos luchando para que las banderas levantadas por aquellos días se lleven efectivamente a cabo y así, lograr el fin último de esta reforma: una Universidad pública, de alto nivel, con sentido nacional, latinoamericano y democrático, y al servicio del pueblo.

Una de las bases necesarias planteadas por los reformistas es la de la asistencia libre. Esta hace principal hincapié en que “la libertad del estudiante dentro de la Universidad es indispensable para una enseñanza efectiva y esencial”. 

Todos hemos tenido que presenciar alguna clase basada en la mera lectura de un aburrido power point, o de algún profesor o profesora desganado que se limita a recitar lo establecido en el programa. Ante esto, es común que pensemos que estamos perdiendo el tiempo, que podríamos estar haciendo algo mejor, o en ese trabajito que tuvimos que resignar por el horario de cursado. Así. queda de manifiesto que el sometimiento a los estudiantes, a través de ciertas normas establecidas, vulnera su libertad para la formación de sus conocimientos.

Aquí es cuando, a través de la asistencia libre, se termina con la mecanización de la enseñanza y se brinda una herramienta de defensa contra el profesor mediocre. “Sólo tendrá alumnos en su clase el maestro que sepa atraerlos con su enseñanza”.

Si bien en algunas facultades esta modalidad está establecida y los estudiantes pueden mediante la calidad de “alumno libre”, por ejemplo, «hacerle paro» al profesor que no los atrae con sus métodos o combinar sus estudios con el trabajo, en otras unidades académicas esta opción no existe y la asistencia se convierte en un requisito de aprobación de la materia.

Misma situación, pero con mayor desventaja ocurre en las universidades privadas: si el estudiante se encuentra con una clase mediocre no sólo debe cursarla, sino que también está pagando por ella. El hecho de tener inasistencias lo obliga a recursar la materia y, por ende, a desembolsar aún más dinero. Dinero de sus salarios; salarios que también financian la Educación Pública a la que no pueden acceder por los horarios de cursado (nuevamente la asistencia libre solucionaría el problema) o por ausencia de la carrera que quisieron estudiar (tema que no nos compete en esta nota).

En días en que el poder adquisitivo de los argentinos disminuye en niveles exagerados y las becas de ayuda económica para el estudiante se otorgan por pura meritocracia (léase Beca Progresar), los estudiantes de más bajos recursos se ven obligados a trabajar para sostener sus estudios y ayudar en sus economías familiares, cada vez más flageladas.  Esto, en muchos casos, provoca la deserción de dichos estudiantes debido a que el cursado obligatorio no les permite trabajar para sostenerse.

Los docentes no quedan exentos de la pérdida del poder adquisitivo. Deben trabajar en más cargos de los convenientes a raíz de la precariedad de sus salarios; situación que claramente afecta la calidad de sus clases. Por eso creemos conveniente acompañar a quienes son nuestros formadores y exigirle al gobierno de turno para que las condiciones laborales de los trabajadores docentes sean dignas, ya que este derecho es un medio que también hace a la excelencia académica.

Cabe aclarar que no es objeto de esta nota decir que no debería cursarse, al contrario, entendemos que en muchas carreras (medicina o música por dar algunos ejemplos) el cursado es más que esencial para aprender efectivamente. Pero también sabemos que, si las cátedras estuviesen más adecuadas a la actualidad y se centraran en que el estudiante realmente se interese y no en dar la clase para cumplir, el panorama sería otro, pues iríamos a cursar con entusiasmo y ganas y el nivel alcanzado sería mayor.

Ante esto todos estos fundamentos se pone en evidencia que la asistencia libre es, además de un derecho, una solución necesaria y posible que debe ser exigida para garantizar el acceso a la Educación Pública y de calidad a miles de estudiantes, que son nada menos que el pueblo presente en las aulas.