“Condenadme, no importa, la historia me absolverá”- Fidel Castro

En conmemoración de los 90 años del Jefe de la Revolución Cubana, compartimos con nuestros lectores una síntesis de uno de los discursos más trascendentes del pensamiento nacional latinoamericano: “La Historia Me Absolverá”. En el mismo, Fidel describe y argumenta (de modo impecable) el asalto al Cuartel Moncada, los sucesos que lo motivaron y las calumnias que se desprendieron contra él para deslegitimar la insurrección del pueblo cubano y su líder en la búsqueda de una sociedad más justa.

 

            Con Fulgencio Batista a la cabeza y en conspiración con Estados Unidos, el 10 de marzo de 1952 el pueblo cubano es sometido a un golpe militar que suscita una crisis económica, política y social. Para entonces Cuba es inmersa en un sistema de explotación que garantiza una pobreza atroz, miseria, desempleo, persecución, tortura y muerte.

            Ante este estado de las cosas, y con el firme propósito de deponer al régimen de Batista, Fidel Castro junto a hombres y mujeres realiza una acción armada asaltando la fortaleza militar más importante de Santiago de Cuba: el Cuartel Moncada. Este hecho se produce el 26 de julio de 1953, sin embargo, el ataque es frustrado y fracasa. Castro y sus compañeros son capturados, torturados, e incluso algunos, llegan a perder la vida.

            El 16 de octubre de 1953, enjuiciado por los acontecimientos, Fidel Castro pronunciará un discurso. Sus argumentos más que extensos, contundentes, pondrían de manifiesto las calumnias de un régimen que no sólo pretendía su apresamiento sino, además, el sometimiento y la infelicidad de los cubanos.

            El jefe de la revolución ejerce su propia defensa, pues su derecho a ser defendido le había sido negado, pero además estaba convencido de que quién haya visto desamparada a la patria y envilecida la justicia puede hablar en una ocasión como esta. Más que su interés individual, Fidel se había puesto a defensa de una causa justa y colectiva: la del pueblo cubano oprimido por el régimen inconstitucional de Batista.

            El propósito de los denunciantes de Fidel consistía en impedir a toda costa la asistencia del acusado a las audiencias propias del juicio. Trataron de inventarle enfermedades, silenciarlo bajo bayonetas y ametralladoras. Pero esto no bastó para desviar al revolucionario de su misión más importante en el juicio: “destruir totalmente las cobardes calumnias que se lanzaron contra nuestros combatientes, y poner en evidencia irrebatible los crímenes espantosos y repugnantes que se había cometido con los prisioneros, mostrando ante la faz de la nación y del mundo la infinita desgracia de este pueblo, que está sufriendo la opresión más cruel e inhumana de toda su historia.”

            Acusaron, sin razón, a los hombres y mujeres revolucionarios de ejercer extrema violencia en el asalto. Esto fue refutado por los mismos hombres del régimen que reconocieron la humanidad y el buen trato de los revolucionarios. Denunciaron que el asalto habría sido sostenido económicamente por Prío (el depuesto por Batista), bien sustenta Fidel que para armar a sus hombres contó con menos de $20.000 y que muchos compañeros renunciaron, incluso, a bienes personales para sostener la gesta revolucionaria.

            Un régimen inconstitucional, al servicio de la oligarquía y el interés norteamericano pretendía sancionar a Fidel con el peso de la Constitución, aunque los hechos ocurridos no tuvieran trascendencia para aplicarla, pues en realidad los primeros en sabotearla eran ellos, al querer condenar a un hombre, que en defensa de un pueblo planteaba la insurrección frente al despotismo tirano de Batista. Fidel prueba con absoluta firmeza que el pueblo, frente a tales sometimientos, tiene el derecho de insurreccionarse, pues la resistencia frente a la opresión es legítima. Así lo sostiene la Constitución cubana de 1940.

            ¡El Pueblo se cansa! Decía Castro, en consecuencia, había que darle al pueblo la posibilidad de luchar. Y una vez derrocados los promotores de la muerte, el gobierno revolucionario daría a los cubanos cinco leyes que concretadas promoverían un destino más justo: devolver al pueblo la soberanía y proclamar la constitución de 1940; condenar la propiedad inembargable e intransferible de la tierra a todos los colonos, arrendatarios, etc.; otorgar a los obreros y empleados el derecho a participar de las utilidades en las grandes empresas; conceder a los colonos la participación del rendimiento de la caña; y confiscar todos los bienes a todos los malversadores de todos los gobiernos.

            Pero las reivindicaciones no terminaban allí: planteaba la solidaridad con los pueblos latinoamericanos; había que realizar una reforma agraria; dignificar el pago de los maestros que en definitiva son los responsables de generar conciencia en el pueblo cubano; mejorar el pago de los soldados del ejército siempre y cuando las Fuerzas Armadas se pusieran al servicio de los intereses nacionales; bajar los alquileres y mejorar las condiciones de acceso a la vivienda; a los servicios públicos; etc.

            Después de todo esto, de su firmeza frente a tanta difamación, después de haber perdido a tantos compañeros y ver bañada en sangre la Cuba de José Martí, después de haber visto morir a miles de cubanos despojados del pan y la dignidad y atreverse a denunciarlo. ¿Cómo no iba a querer el régimen de Batista verlo muerto y enterrado?

            “El hombre sincero tiene derecho al error” decía Martí (autor intelectual del asalto y la revolución, según Castro). A pesar del fracaso en Moncada, y en reconocimiento a su sinceridad y coraje, plena conciencia tendría Fidel que la absolución iba a otorgársela la historia y el pueblo cubano. Aun sabiendo que la cárcel sería dura y amenazante él no le temía, ni a ella, ni a la furia del tirano.