Por un Feminismo popular, situado en las necesidades argentinas y latinoamericanas

La opresión de la mujer no es una mera frase.  La discriminación, sometimiento y ninguneo hacia las mujeres se ha naturalizado debido a su duración histórica. “Lo histórico, es decir lo provisorio, se transforma en algo biológico, poco menos sinónimo de eterno”[1]. Pero la degradación hacia las mujeres es histórica, no natural. Quienes militamos por una sociedad justa e igualitaria no sólo consideramos posible su desaparición, sino también necesaria en cualquier proyecto emancipatorio.

La lucha por la conquista y defensa de los derechos de las mujeres es una antigua y dura labor, de gran tradición en América Latina y en nuestro país. Pero al tratar el asunto irrumpe el rechazo, la ridiculización, la incomprensión, la confusión y la resistencia a discutirlo. No es casualidad. La negativa a debatir la subordinación que sufrimos las mujeres es beneficiosa para quienes detentan el poder y buscan mantener el estado de las cosas. Pero ojo, también hay mujeres (junto con miles de hombres) que participan de la explotación de otras mujeres; ya que al igual que cualquier disputa cultural, política, económica o social, este conflicto está atravesado por intereses de distintas clases sociales, locales y extranjeras.

Por ejemplo, en un país adelantado como Alemania, las necesidades de las mujeres trabajadoras son diametralmente opuestas a las de Angela Merkel. En un país dependiente, como la Argentina, los intereses de las que trabajan son distintos a los de Angela Merkel y al de las aliadas de Merkel: Vidal, Michetti, Stanley, por nombrar algunas. La disputa no sólo es de género, es también nacional y de clase.

Plantear un feminismo total, genérico, sin clases sociales y aparentemente ´apolítico´, es considerar por ejemplo que Juliana Awada, Christine Lagarde y Alice Walton Waltmart[2]  (la mujer más rica del mundo), tienen las mismas necesidades y defienden los mismos intereses que una trabajadora textil del conurbano bonaerense, una maestra de Tunuyán o una jubilada cordobesa.

Juliana Awada, está denunciada por tener trabajadores en negro en los talleres clandestinos de Cheeky, y algunas hijas de los/las obreros incluidas[3]. Lagarde le exige a Macri ajuste en las cuentas del Estado a cambio de un préstamo en dólares, que impactará directamente en nuestros salarios, en las tarifas de luz y gas, en las jubilaciones, etc; garantizando cuantiosas ganancias de la señora Lagarde y el FMI. Finalmente la señora Waltmart aumenta los precios de los bienes (y sus ganancias) mucho más que el incremento de los sueldos, destruyendo el poder adquisitivo de los salarios, especulando con que los seres humanos lo único que no pueden es dejar de comer.

 

Este matiz en las disputas feministas es poco habitual. Desvincular la lucha de las mujeres de las diferencias sociales, regionales y políticas buscando un ´feminismo a secas´, es omitir la naturaleza dependiente de nuestro país, incluidas en él más de 22 millones de mujeres. Es desconocer la explotación que ejercen las clases dominantes sobre los/las más humildes. Es negar la exclusión de millones al acceso de bienes materiales e inmateriales. Es hacernos creer que es posible la igualdad de género en un país (por donde se lo mire) desigual e injusto.

¿Es posible conciliar objetivos con estas mujeres? ¿Es viable la hermandad con las damas de los sectores dominantes y extranjeros? Es clarísimo lo que nos diferencia. Es imposible consensuar con aquellas féminas que ´viven de las que trabajan´. Es absurdo que las representantes del Pro (de Awada, Lagarde y Waltmart), festejen a los abrazos en el Congreso con las representantes elegidas por agrupaciones del campo nacional y popular. Es imposible creer que quien apoya a este gobierno y a sus medidas antinacionales y antipopulares, pretenda la liberación de la mujer. Este gobierno somete y explota a empleadas domésticas, profesionales, empleadas de comercio, trabajadoras rurales, pequeñas empresarias, amas de casa, maestras y profesoras, en fin: a la aplastante mayoría.

La opresión hacia las mujeres tiene nacionalidad, clase social y género. La realidad dependiente de la Argentina y de los países latinoamericanos nos obliga distinguir entre los intereses que persiguen los países “avanzados” que se benefician de la explotación de los pueblos en los países sometidos; entre los objetivos de las clases sociales dominantes y las necesidades de los sectores postergados; y a enfrentar la violencia, discriminación y opresión que ejercen los hombres sobre las mujeres. 

Pensar en un movimiento feminista autónomo de las necesidades de las mayorías argentinas y latinoamericanas, es desacertado y solo puede conducir al fracaso de las grandes mayorías. Las mujeres de las clases mayoritarias debemos luchar por la emancipación en el marco de las luchas por la liberación nacional y social de nuestro pueblo. Ningún proyecto emancipatorio puede excluir  a las mujeres de la participación plena en la dirección de la vida social, las Fuerzas Armadas, la economía, educación, o cualquier definición trascendente para una sociedad.

El feminismo popular y situado en la realidad Argentina y de América Latina es el camino para la liberación integral de las mujeres. No es una cuestión exclusiva de las mujeres, es un problema que debe involucrar al conjunto de la sociedad. La resistencia a la comprensión de este planteo y su defensa en la acción política, debe ser considerado reaccionario y contrario a la defensa de los intereses nacionales, populares y de género.

 

«De nada valdría un movimiento femenino en un mundo sin justicia social» Eva Perón.

Modificado por última vez en Martes, 31 Julio 2018 03:15
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