Macri: corrupción, ajuste y entrega nacional

En América Latina, mediante sus instrumentos de dominación cultural, el imperialismo impone el consenso como mecanismo para soslayar los conflictos sociales y nacionales. Se reduce unilateralmente a una única y frívola explicación el complejo entramado político, económico, social y cultural, adjudicando  todos los males a la corrupción.

 

 

Así, ese consenso impuesto desde afuera hacia adentro y desde arriba hacia abajo, actúa como un manto de plomo que aplasta cualquier intento de pensamiento crítico y colectivo. 

 

Es absurdo negar que los actos de “corrupción” deben ser investigados y sancionados.  Pero eliminar la discusión política, degradándola a través de lugares comunes y afirmaciones simplistas es inaceptable.

 

Así, por ejemplo, durante la década del noventa miles de argentinos verdaderamente idiotizados debatían sobre la Ferrari de Menem o el largo de sus patillas, pero fueron muy pocos quienes se alzaron frente a la ley de Convertibilidad, la Ley de Reforma del Estado, las privatizaciones y la reducción de la clase trabajadora a su mínima expresión. La banalidad explicativa de las usinas formadoras de opinión fue la regla.

 

Durante los años del kirchnerismo, comerciantes de la talla de Lanata, Mariana Fabiani o cualquier otro chimentero famoso se convirtieron en los nuevos Fiscales de la República que, apelando a la moralina (no a la moral pública) de algunos sectores de clase media, atacaban a un gobierno que, después de décadas, favorecía a las clases populares y al interés nacional.

 

Sin embargo, desde el 10 de diciembre parece que el vetusto problema de la corrupción no existe más y la Argentina se ha transformado en un libro de cuentos en donde Antonia es una pequeña niña fashion, Juliana una mujer “sexy chic” de la City porteña y Mauricio un moderno y talentoso empresario.

 

Detrás de aquello, pretenden esconder el plan de gobierno del retroceso argentino. Corresponde al nacionalismo latinoamericano, popular y democrático,  explicar detalladamente la desnacionalización y entrega del nuevo gobierno, que no llega precisamente libre de antecedentes delictivos.

 

No pretendemos explayarnos en las 214 causas judiciales que acumula Macri en su contra (entre otras, se lo acusa de estafa y asociación ilícita, abuso de autoridad y violación de deberes de funcionario público, enriquecimiento ilícito, falsificación de documentos públicos, amenaza y abandono de personas, lavado de activos, peculado y falsificación de documentos), ni la que pesa sobre su esposa por reducción a la servidumbre de costureros bolivianos con documentación ilegal, de las cuales debe encargarse la justicia, haciendo uso de los procedimientos prescriptos en la Constitución y leyes vigentes; obviamente si es que Macri no sigue nombrando jueces por decreto.

 

Sin embargo, ¿con qué acto de corrupción se compara entregar servilmente los recursos, la soberanía y el porvenir de los argentinos a manos de los bancos, las finanzas internacionales y los monopólicos y oligopólicos productores de bienes, servicios e ideas?

 

Su gabinete, compuesto por gerentes de bancos y empresas extranjeras y procesados por desempeños anteriores en la función pública (Sturzenegger), en menos de un mes han llevado a cabo las medidas exigidas por los patrones de Macri.

 

Se levantaron las restricciones a las importaciones, permitiendo la entrada indiscriminada de mercancías extranjeras que vienen a destruir la incipiente industria nacional que en doce años se había forjado; se terminó con los controles cambiarios que pese a haber afectado innecesariamente a la clase media argentina fue un dique de contención frente a la transferencia de renta nacional al exterior; se eliminaron y redujeron (en el caso de la soja) las retenciones a las exportaciones que permitían al Estado redistribuir recursos y desacoplar los precios en el mercado interno de los precios en dólares vendidos en el exterior. Los bancos además se vieron beneficiados al eliminarse los límites a tasas de interés en préstamos y depósitos y montos de capital destinados a créditos a la producción.

 

Respecto a la batalla con los fondos buitres, de la cual la Argentina se convirtió en un  modelo aplaudida en la ONU, la OEA, y todos los organismos de integración regionales, inmediatamente al asumir el gobierno macrista accedió a negociar bajo las condiciones impuestas por los fondos de inversión internacionales. Se ha desdeñado el proceso de integración latinoamericana en pos de participar en el ALCA y la Alianza del Pacífico, y la reivindicación sobre nuestras Islas Malvinas parece solo un recuerdo de lo que fue.

 

Recientemente el Papa Francisco dijo: “las formas de corrupción que se necesitan perseguir con mayor severidad son aquellas que causan graves daños sociales, sea en materia económica y social”. Quizás, no sea solo una cuestión diplomática la falta de saludo de Francisco a Macri. 

 

Plantear el problema de la corrupción, de forma frívola y displicente, no ha sido más que el mecanismo impuesto que nos ha impedido razonar colectivamente.

 

Por el contrario, explicar y denunciar como pretenden corromper el presente y el futuro de millones de argentinos, y desarrollar una alternativa superadora, es la tarea política y cultural del aquí y el ahora.

 

 

 

FUENTE: Revista Integración Nacional.