¿De que hablamos cuando hablamos de dolarización?

Un interesante artículo publicado en El Cronista, titulado Convertibilidad / Dolarización otra vez: primero la avivada, después lo guantes, ofrece un análisis de las consecuencias de aplicar un esquema de convertibilidad con rigidez cambiaria o directamente, reemplazo de la moneda nacional por dólares norteamericanos.

En primer lugar, el autor atribuye a la posibilidad de dolarizar la economía argentina a la ruptura de un orden monetario, expresado sobretodo en la crisis cambiaria que hoy atravesamos y que ha llevado al dólar por encima de $ 40. Pero la sustitución de un sistema monetario por otro, no deshace las causas político económicas y sociales que determinaron la crisis cambiaria; al contrario, las agravan y las expanden. 

Modificar el orden monetario actual por uno fundado en el dólar implica modificar todo el orden económico vigente. La política monetaria sería, en caso de una posible dolarización, fijada por la capacidad que mantenga el gobierno de acceder a divisas externas, sea por medio de aumento de las exportaciones o endeudamiento. En otras palabras, reemplazar a la moneda de curso legal emitida por el Estado nacional (peso) por una divisa extranjera (dólar), es un renunciamiento a la soberanía nacional. La política monetaria (¿por qué no, la cultural, social, educativa, etc.?) sería fijada por quien nos proveyera de esos dólares.

En el estado actual de las cosas, con una fuerte escasez de dólares (o más bien, más dólares que se transfieren al exterior de los que ingresan al país), la baja disponibilidad de divisas en una economía dolarizada implicaría una política necesariamente restrictiva: ajuste, ajuste y más ajuste. No hay guita para repartir. Una cosa es dolarizar la economía, fijar al dólar como moneda de curso legal; otra muy distinta es que EXISTAN esos dólares necesarios para que funcione el sistema.

En materia de producción interna, el valor de los productos argentinos estarían fijados en una moneda fuerte y cara, tal y como es el dólar, pero sin los bajos costos de producción que tienen, por ejemplo, los Estados Unidos. Es decir, un celular de fabricación nacional que vendemos al mercado internacional sería caro, porque producirlo sale caro, y encima habría que pagarlos en dólares. La producción argentina pierde competitividad ante el mercado internacional. Ingresan, por lo tanto, menos dólares aún.

La contracara de esta situación es que importar sería extremadamente más barato que producir en el país.  Si nos manejamos en dólares, comprar el celular yanqui un dólar me resulta más conveniente que comprar el argentino a veinte dólares. Esto determina entonces, un permanente saldo exportable negativo. Con la dolarización, SE VAN MÁS DÓLARES DE LO QUE ENTRAN. Barrida de la producción nacional, caída de la actividad, menor consumo, menor recaudación, más ajuste.

Si esto no fuese suficiente, la experiencia histórica del modelo convertible de Menem — De la Rúa (similar con rígidez cambiaria y tipo de camibio uno a uno, a una dolarización), no fue que «funcionó al principio» pero después «se hicieron las cosas mal». Fue lo que fue y se sostuvo en tanto hubo acceso al crédito externo. Según Eric Calgcagno, de u$S 20.000 M anuales. A partir de 1995, no ese flujo disminuyó drásticamente, y explotó en diciembre del 2001. Todo el sistema se fue por la borda.

Pero, aclara finalmente el autor, que hay quienes si se benefician de este modelo. Y son, obviamente, los sectores ya dolarizados de la economía argentina, vinculados a la propiedad de la tierra y la especulación financiera.