Cultura

Sábado, 09 Septiembre 2017 16:08

¿Cómo aprender a hablar en público?

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Desde Revista Universitaria compartimos el siguiente artículo utilizado en los cursos de oratoria dictados por la Asociación Capacitar en conjunto con la Agrupación Universitaria Nacional.

Este no es un fin de semana más para millones de argentinos y argentinas. Pasaron casi 3 meses desde que la pelota se detuvo. Luego de varias idas y vueltas, reuniones a diario en la sede de la Asociación de Futbol Argentino, paro de futbolistas mediante, etc. Un día, volvió el futbol.

Lejos de ser meros medios de entretenimiento interactivo, los videojuegos son una de las más importantes expresiones culturales de los capitales concentrados a nivel mundial. Como tal, representan una de los más acabados medios con los que el imperialismo propicia la colonización cultural en los países semicoloniales como la Argentina. En esta nota de dos partes, explicaremos como se consolidó la industria de los videojuegos en monopolios internacionales y como sus productos sirven a la colonización cultural de América Latina y el mundo.

En estas líneas vamos a tratar de redescubrir, una vez más, la figura de los Reyes Magos. Personajes con más de 2.000 años de historia, con miles de interrogantes y misterios, pero que hoy en día son sólo una mera excusa para que se gaste plata “a lo tonto”, dándole la espalda a la riqueza histórica del asunto.

“[…] Eran las versiones modernas y anticriollas del Sarmiento degollador” (1) 

Se acerca una nueva fecha conmemorativa, y viejos debates retoman vigencia. El próximo 10 de Noviembre se celebra el “Día de la tradición”, fecha elegida en conmemoración al nacimiento de José Hernández, autor del poema nacional conocido como “El Martín Fierro”.

Así podría comenzar una nota sobre Leonardo Favio: cineasta, compositor, cantante, militante del campo nacional, hombre de vida novelesca que acostumbra construir su propio personaje reinventando su historia una y otra vez, añadiendo detalles que nadie sabe a ciencia cierta si son hechos reales o simplemente escenas que imaginó, como si su vida fuera una de sus películas, o viceversa. Un artista tan fascinado con los mitos –Perón, Gatica, Juan Moreira– que ha terminado siendo uno de ellos.

Durante la Segunda Guerra Mundial se encarecieron los costos de producción cinematográfica. La nitrocelulosa, material necesario para crear las películas vírgenes, también era utilizado para fabricar explosivos. Ante esta problemática, los productores comenzaron a pensar que quizá el Estado podía intervenir, como ya lo había hecho con otros sectores industriales. Así, el gobierno peronista aplicó la sustitución por importaciones [i], fijando una cuota de ingreso para las películas internacionales, protegiendo a la industria nacional por la exhibición obligatoria de cine argentino.

Lunes, 25 Mayo 2015 03:28

Requiem para un luchador

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El 25 de mayo de 1974 murió Arturo Jauretche. Pocos días después, Jorge Abelardo Ramos publicó en el diario La Opinión, este texto en su homenaje.

El auge del terror anónimo ha hecho olvidar en los últimos años la “patriada” criolla. Acaba de morir uno de sus héroes que, como Hernández, luchó con las armas en el campo y luego escribió el romance de la batalla. El propio Arturo Jauretche en su poema El paso de los Libres, que prologó Borges en 1933 y yo en 1960, alude a su paisano Julián Barrientos, quién relata la jornada revolucionaria porque “anduvo en ella”.

«El mar que pedimos por justicia, es un mar para los pueblos […] el mar es para la Patria Grande; el mar para los bolivianos es irrenunciable, Bolivia jamás se va a quedar en paz hasta que no se resuelta este tema del mar, porque resolver estos temas es parte de la integración”.

PRESIDENTE EVO MORALES

Es miércoles y los argentinos ya no pensamos en otra cosa: faltan pocas horas para que se enfrenten los dos equipos más grandes del país. Ya compramos la picada, las cervezas, el fernet, lavamos y planchamos la casaca… y todavía es miércoles.

Jueves, 28 Agosto 2014 15:58

Elogio de la ignorancia

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En estos tiempos que corren, cada vez le resulta más difícil a un bruto de ley mantener indemne su ignorancia. Usted camina por la calle y en cualquier esquina le sale al cruce una noción, un conocimiento, una noticia. La cultura está en acecho.

Recuerdo una vez, en un viejo país, una nena que no llegaba a los 10 años, jugaba en un enorme árbol de su jardín, cargado de verdes.

 

En los últimos días había observado rostros graves en su casa. Sin embargo jugaba.

 

Una tarde llegó un médico, golpeó la puerta y preguntó por su madre. Ella lo recibió en su habitación. Pálida, como cansada. Las ramas del árbol daban al balcón que conectaba con aquella habitación. Con una pirueta audaz, hasta irresponsable, propia de la edad, la niña se descolgó del árbol, recorrió el balcón y se instaló en un punto estratégico. Podía observar  escuchar, y no ser vista.

 

Su madre preguntó: “¿Y cuánto tiempo me queda, doctor?”

 

Con una voz que pretendió ser imperturbable, él le dijo: “Cuando de ese árbol caigan las hojas, su tiempo habrá pasado.”

 

La enferma pensó en todo, en un instante… y en su hija… y lloró.

 

En su escondrijo estratégico, la niña también lloró, y esperó.

 

Cuando en Cuyo el paisaje se puso ocre, y las hojas comenzaron a abrigar los suelos, ella que había esperado y que habitualmente hablaba con los duendes, que cuidan las plantas como se sabe, con un hilo que sólo ellos podían hilar, ató las hojas del árbol. Una por una las ató.

 

El otoño cumplió con su faena, pero en ese árbol, de ese jardín, las hojas no cayeron. Y su madre no murió.

 

Se me hace cuento que esto haya pasado; pero a Borges se le hacía cuento la fundación de Buenos Aires y sin embargo, Buenos Aires está ahí.

 

Este relato se había hecho famoso en Cuyo, tierra al oeste argentino, al pie de Los Andes, en donde un grupo de mujeres y hombres habían escuchado que los doctores del dinero anunciaban la llegada de un otoño triste. Aquellos cuyanos pensaron que cuando se amarillentase el paisaje las mañanas y las tardes que habían sido de ellos, dejarían de serlo.

 

Recorrieron con su memoria los secretos milenarios guardados en las nieves eternas, los calcinó un enero brutal, sufrieron las lluvias de febrero y esperaron resignados el otoño del ’14.

 

Una o uno de ellos, nunca se sabe, dijo frente a la mirada atónita de un positivista-racionalista-normativo, que tenía una relación muy afín con los duendes (que, como ya era sa ido cuidan a las plantas). En alguna oportunidad, en un sarao, uno de ellos le había ofrecido una inyección septembrina que en Cuyo significa “Primavera”. Decidieron pedirle a esos seres elementales que les diesen un poco de ese suero milagroso para que el otoño no se llevase su alegría.

 

Entre unos y otros se dieron valor y soñaron con esa utopía.

 

Mas allá del peligro que significa soñar, y habida cuenta que esos enanos son traviesos y pícaros, recibieron de ellos su colaboración. Pensaban: “Si un árbol había sido solución en una casa, todos los árboles serían solución en la comarca.”

 

Efectivamente, movidos por sus sueños y por los consejos de los duendes, inyectaron el suero del anti-loto en los vasos leñosos de todos los árboles para que subiese con la savia bruta hasta las hojas y así, viera la luz para recorrer las plantas como savia elaborada; bajando por los vasos cribosos a dos centímetros y medio por minuto, como le habían contado los duendes.

 

Y llegó el otoño. El paisaje se amarillentó y, como diría el Nano, “el suelo se abrigó con hojas”. La primer nevada terminó con toda esperanza, cubriendo desde el Aconcagua hasta La Paz con un poncho blanco. Pero los duendes son caprichosos.

 

A destiempo, los árboles dieron frutos cuya fragancia escondía sonidos oscuros y sabían a Libertad. Cuentan los memoriosos de aquel otoño del ’14 que quien comía aquellos frutos se hacía adicto a ellos, recordaban cosas que no sabían y empezaban a querer a los otros, a ellos mismos y a su país.

 

Desde el punto de vista de las leyendas, habría una explicación: Los duendes, que acompañan a los hombres desde la aurora de los tiempos, conocían aquél episodio vivido por Ulises, el griego de Ítaca, que regresando de Troya a defender a su patria, una tormenta desvió su nave hacia la isla de los lotófagos (los que comen Loto). Su tripulación al entregarse a los saraos en aquél paraje, alimentándose de este fruto, se olvidaron de todos, de todo y de ellos mismos; tentados por malas mujeres… y hombres calculadores y frívolos.

 

Ulises no comió, de algún modo que no viene a cuento relatar ahora, los rescató de aquellas tentaciones  y vacuidades, y con su carta de navegación (que nunca perdió) los llevó a destino.

 

Los duendes, que conocían la savia del loto, podían fabricar el anti-loto; o sea, el fruto que devuelve la memoria y que sabe a Libertad, porque enraíza en los más profundos recuerdos.

 

El postivisita-racional-normativo objetó los siguientes puntos:

1–      La fragancia no tiene música.

Lo sé” contestaba alguien que había comido anti-loto “pero esta fragancia sí la tiene.”

El mismo positivista replicó:

La Libertad no tiene sabor. Es un concepto”

También lo sabemos” contestaron “pero este fruto sí. Y provoca adicción.”

 

Cabe señalar que los herederos de Eric Hosbawn en su obra “La rebelión de los insubordinados” basando todos sus análisis en categorías materialistas dialéctivas, consignaban en su tercer tomo, página 723, que les constaba que en el Oeste Sudamericano, al pie del Aconcagua, unos cuyanos comiendo anti-loto (eso sí, sin saber de dónde lo habían obtenido) se habían hecho adictos a la Libertad y en algún momento, contra toda prognosis, habían sido multitud.

 

Sin tener plena seguridad se comenta al final de la obra que los viernes, en algunas fiestas que denominan “saraos” celebraban el hecho de que las mañanas y las tardes siguieran siendo de ellos… y por las noches… ¡Sarao!

 

Y todo ésto, producto de esta afinidad con los duendes que, como todos saben, les gusta la miel y que les regalen monedas doradas. Entonces se hacen amigos, y sus amigos dejan de ser políticamente correctos. En fin, son cuentos o leyendas, no lo podría asegurar. Agregan los autores, hay que relacionar estas investigaciones con el Mito de La Caverna de Platón, porque aquél que vió la luz (según el antiguo griego) jamás puede volver a la Oscuridad.

 

Haciendo caso omiso a esta última parte del relato, el positivista-racional-normativo dijo:

¡Ah!… Si lo dicen los herederos de Hosbawn…”

 

Recuerdo aquél otoño del ’14 haber tenido la sensación de que el relato se me hacía cuento, pero cuando me di cuenta que era viernes y que los comedores del fruto del recuerdo y la memoria, adictos a la Libertad, se iban a su habitual sarao, los paré y les dije “Esperen. Yo me voy con ustedes”

 

No sé si es verdad, pero tengo la vaga idea de que probé el fruto del recuerdo y la memoria. Y creo que sabía a Libertad. Y por un instante, fui feliz.

 

Mariano Artigas

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